miércoles, 22 de abril de 2026

Entre el mandil, el asson y la clochette: entrevista a Fabio Sebastián Cruz.


Por Juan Ignacio Giorgio

Juan Ignacio Giorgio (JIG): Gran Hierofante Cruz, gracias por conceder esta entrevista. Para comenzar, ¿cómo definiría usted la esencia de la Masonería Egipcia dentro del sistema de Memphis-Misraim?

Fabio Sebastián Cruz (FSC): Gracias a usted, Juan Ignacio. La Masonería Egipcia, especialmente en el contexto del Rito de Memphis-Misraim, es una vía iniciática profundamente simbólica que busca reconectar al individuo con las corrientes sapienciales más antiguas de la humanidad. No es “egipcia” en un sentido meramente histórico, sino espiritual: Egipto representa la matriz de los misterios, del conocimiento sagrado y de la transformación interior.

JIG: ¿Qué diferencia a Memphis-Misraim de otras corrientes masónicas?

FSC: Su amplitud iniciática y su profundidad esotérica. Es un rito que conserva elementos herméticos, gnósticos y alquímicos que en otras corrientes han sido atenuados o directamente excluidos. Aquí, el simbolismo no es solo decorativo: es operativo, transformador.

JIG: Entremos en un punto que genera bastante interés y también confusión: la llamada OTO Franco Haitiana. ¿Cuál es su verdadera naturaleza?

FSC: Es importante aclararlo con precisión. La OTO Franco Haitiana no es simplemente una rama de la Ordo Templi Orientis en el sentido más difundido, sino que constituye esencialmente una expresión de Memphis-Misraim adaptada al contexto haitiano. Esta línea fue recibida por Jean Maine a través de la transmisión de Papus, y posteriormente organizada en Haití con una estructura particular: una síntesis iniciática que adopta forma de iglesia gnóstico-vudúista.

JIG: ¿Iglesia gnóstico-vudúista? Eso suena bastante singular.

FSC: Lo es, pero tiene coherencia interna. En Haití, las tradiciones iniciáticas europeas no podían simplemente reproducirse sin transformación. Jean Maine comprendió que el lenguaje simbólico debía dialogar con la espiritualidad local. Así, el rito se integró con elementos del vudú, no como un sincretismo superficial, sino como una encarnación viva de los principios iniciáticos en ese contexto cultural.

JIG: Entonces, ¿podríamos decir que la OTO Franco Haitiana es Memphis-Misraim en clave haitiana?

FSC: Exactamente. Es una reformulación cultural y espiritual de la misma corriente, donde el eje iniciático permanece, pero su expresión ritual y simbólica adopta formas propias. Esto es algo que muchas veces se malinterpreta desde miradas más rígidas.

JIG: Algunos críticos podrían cuestionar la legitimidad de esa adaptación.

FSC: La legitimidad en estos casos no depende solo de la forma externa, sino de la continuidad iniciática y la profundidad del trabajo. Si hay transmisión real y coherencia doctrinal en lo esencial, las formas pueden variar. La tradición no es estática, es orgánica.

JIG: Pasemos ahora a la Masonería Egipcia de Bruselas en 1934. ¿Qué importancia tiene ese momento?

FSC: Es un punto clave en la historia moderna del rito. En Bruselas, en 1934, se intentó reorganizar y preservar la transmisión de Memphis-Misraim en Europa en un contexto muy delicado. Fue un esfuerzo por estructurar líneas que estaban dispersas, asegurando cierta continuidad antes de los grandes conflictos que vendrían.

JIG: ¿Esa reorganización sigue influyendo hoy?

FSC: Sí, en gran medida. Muchas estructuras actuales derivan directa o indirectamente de تلك iniciativas. Pero como toda tradición viva, ha seguido evolucionando. Lo importante es mantener el eje iniciático, no fosilizar las formas.

JIG: Para cerrar, ¿qué consejo le daría a alguien interesado en estas corrientes?

FSC: Que busque profundidad, no exotismo. Estas tradiciones no son objetos de curiosidad, sino caminos de transformación. Estudio, disciplina y discernimiento son fundamentales. Y sobre todo, comprender que la verdadera iniciación comienza en uno mismo.

JIG: Gran Hierofante Cruz, muchas gracias por esta claridad.

FSC: Gracias a usted, Juan Ignacio. Ha sido un gusto.

El Gran Hierofante Fabio Sebastián Cruz y la herencia de Memphis-Misraïm: tradición, legitimidad y relectura contemporánea.


Por Juan Ignacio Giorgio

En el entramado siempre cambiante de las corrientes espirituales contemporáneas, pocas figuras generan tanta atención como la del Gran Hierofante Fabio Sebastián Cruz. Su nombre no solo circula en ámbitos esotéricos actuales, sino que se inscribe —según sus seguidores— en una línea de transmisión iniciática que remite a uno de los sistemas más complejos y enigmáticos del esoterismo occidental: el Rito Antiguo y Primitivo de Memphis-Misraïm.

Este rito, surgido de la confluencia de tradiciones masónicas egipciacas y herméticas en el siglo XIX, ha sido históricamente objeto tanto de fascinación como de controversia. Su estructura, rica en grados y simbolismo, buscó desde sus orígenes una síntesis entre conocimiento iniciático, misticismo y filosofía. Sin embargo, uno de los momentos clave en su evolución fue la revisión eclesiástica de 1921, llevada a cabo por Lucien François Jean Maine, figura central en la reorganización doctrinal del rito.

La intervención de Maine no fue meramente administrativa. Supuso un intento de reordenar, depurar y dotar de coherencia interna a un sistema que, hasta entonces, había sufrido múltiples fragmentaciones. Su revisión introdujo una dimensión más claramente eclesiástica, reforzando la idea de una transmisión espiritual jerárquica y legitimada por linaje, algo que continúa siendo fundamental en los debates actuales sobre autenticidad iniciática.

Es precisamente en ese punto donde la figura de Fabio Sebastián Cruz adquiere relevancia particular. De acuerdo con su entorno y documentación que circula en ciertos círculos, Cruz sería heredero legítimo de esta línea, en virtud de una carta firmada por Mícharel Bertiaux, conocido por su propio trabajo en la integración de corrientes gnósticas, vudú esotérico y tradiciones de Memphis-Misraïm en el siglo XX.

La referencia a Bertiaux no es menor. Su reinterpretación del rito, especialmente en clave gnóstica y mágica, abrió nuevas posibilidades de lectura que hoy influyen en diversos grupos iniciáticos. En este contexto, la supuesta transmisión hacia Cruz no solo implicaría una continuidad formal, sino también una actualización del corpus simbólico y doctrinal heredado.

Cruz, en sus intervenciones públicas y escritos, parece asumir ese legado como una responsabilidad activa. No se limita a reivindicar una legitimidad histórica, sino que propone una relectura del rito adaptada a las inquietudes del presente: una espiritualidad que dialogue con la subjetividad contemporánea, pero sin perder el anclaje en una tradición estructurada.

No obstante, como ocurre con muchas líneas iniciáticas, la cuestión de la legitimidad sigue siendo objeto de debate. La existencia de múltiples ramas de Memphis-Misraïm, a menudo divergentes entre sí, hace difícil establecer criterios unívocos de autenticidad. En ese escenario, la figura de Cruz se sitúa en un terreno donde la autoridad simbólica y el reconocimiento comunitario juegan un papel tan importante como la documentación histórica.

Más allá de las discusiones internas, el caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta central: ¿qué significa hoy ser heredero de una tradición esotérica? ¿Es la continuidad documental suficiente, o es necesaria también una capacidad de reinterpretación que mantenga viva la práctica?

El Gran Hierofante Fabio Sebastián Cruz parece apostar por lo segundo. En su propuesta, el Rito Antiguo y Primitivo de Memphis-Misraïm no es una reliquia del pasado, sino un lenguaje en constante transformación. Y en esa tensión entre fidelidad y reinvención se juega, quizás, no solo su liderazgo, sino la vigencia misma de estas antiguas corrientes en el siglo XXI.

Desde RELIGARE, seguiremos observando este fenómeno con atención, conscientes de que, en el cruce entre historia, símbolo y experiencia, se delinean algunas de las formas más complejas —y fascinantes— de la espiritualidad contemporánea.

El autor entrevistando a Fabio. Sebastián Cruz en Montevideo, Uruguay (abril de 2026)

sábado, 30 de mayo de 2015

Migene González Wippler y Milton Acosta: dos visiones en torno al "trance de posesión".


Postura de Migene González Wippler.
 

“... los Orishás son ciertos puntos de contacto que los Yorubas –y después los santeros- podían establecer dentro del inconsciente colectivo. Cada Orishá parece ser lo que Carl Gustav Jung llamó un arquetipo, el cual definió como un complejo autónomo dentro de la personalidad humana. Debido a que cada arquetipo es independiente de la personalidad y muestra características intensamente individualistas, a menudo se comporta como si fuera una entidad separada y sobrenatural.

Según Jung, cada arquetipo controla un aspecto diferente de la personalidad y/o un esfuerzo humano diferente –una definición que podría también describir las funciones de los Orishás-. Para que exista un perfecto balance en la personalidad (y por lo tanto para la salud mental), es vital que cada arquetipo sea bien desarrollado y también asimilado por el individuo.

Cada Orishá puede ser visto como arquetipo  o complejo autónomo que ha sido perfectamente desarrollado y balanceado en la personalidad del santero. Debido a que cada individuo tiene características específicas que lo apartan de los otros, se dice que está bajo la protección del Orishá que comparte esas mismas características.

Cuando un Orishá desciende a tomar posesión de un santero o creyente, las energías psíquicas abrumadoras de ese arquetipo particular son temporalmente liberados dentro de la personalidad consciente. La persona poseída entonces despliega extraños poderes y habilidades inusuales precognitivas, los atributos naturales de un arquetipo formado de pura energía dirigida a un canal específico.

El antropomorfismo de los Orishás por los santeros no es sólo ilusión, sino una herramienta útil por medio del cual los varios elementos de la personalidad se vuelven más fáciles de entender y de aceptar.

Elegguá [Bará Esú], por ejemplo, es el Orishá más importante porque él es “moderador” del comportamiento social. Elegguá junta a todos los otros arquetipos en un todo armonioso y ayuda a completar lo que Jung llama el proceso de individuación, ocasionando una personalidad que está perfectamente integrada, madura y bien balanceada. Cuando los llamados de Elegguá son tenidos en cuenta, las energías psíquicas del individuo son dirigidas a lo largo de canales constructivos y él está en control de su destino.”
 
“Santería. La Religión.”, Llewelyn, Minnesota, 1999.
 
 


El Trance, de Babalorishá Milton Acosta de Sangó.

 
“El hombre religioso adherido a los cultos de posesión entra en trance. Es más, se le prepara para esto mediante técnicas corporales y culturales cuyo origen se pierde en el tiempo. Hasta épocas relativamente cercanas este estado se catalogó como patológico, y aún dentro de comunidades muy marcantes –en el sentido de promover de algún modo el fenómeno- se consideraba como efectos de la posesión de entidades malévolas.

El trance es sin duda, una conducta cultural y por tanto pautada muy puntualmente que comienza y cesa merced a estímulos prefijados en la conciencia y desplazados hacia el inconsciente. La danza, el sonido, la repetición constante de fórmulas, etc. Propician este estado en el que el hombre religioso entra dejando de ser él para ser la forma divina o el antepasado que lo sacraliza. Considerados el lugar sagrado y el momento como rupturas de niveles, el hombre religioso asume el papel que se le revelara en el proceso iniciático y todo cuanto este rol representa para sí y su comunidad. Sin embargo no es teatro, no se trata de un actor que recita un personaje; es el personaje desencadenado por diversos factores externos a él y voluntariamente afirmado en su interior por su aprendizaje dentro de la comunidad, que sanciona positivamente su calidad de mediador entre lo sagrado y el grupo. Sin olvidarnos además que los hechos suceden para él y para el grupo de acuerdo a como se espera que sucedan de acuerdo a su perspectiva. El ser en estado de trance aparece con capacidades diferentes a las que se le conocen en su estado ‘normal’: resistencia mayor (evidenciada por ejemplo en la danza), ascenso del nivel límite ante el dolor (en pruebas de autenticidad ritualizadas) ingestas de elementos extraños a su dieta regular, etc. etc. (...)

También la cesación del estado de trance es un rasgo culturalmente aprehendido. Hay un momento dado en el que las formas divinas o antepasados deben retirarse, ‘subir’. Hay una manera de hacerlo –o muchas- pero pautada por reglas fijas. Cuando sucede tal cosa se retira así, cuando tal otra, de tal modo. En el caso que nos ocupa, Esú puede retirarse girando sobre sí mismo, tanto como puede llegar del mismo modo; o puede ser ‘despachado’ como se despacha a un orishá, doblando los antebrazos y cruzándolos sobre el pecho, soplando sus oídos alternativamente y asperjando agua con la boca por encima de su cabeza hacia atrás. Pero sin duda ni orisha ni Esú teme al agua o está imposibilitado de tocarla, rituales y seroes que ellos mismos realizan (serao, seroes –es/son todo el trabajo que se cumple durante y después de los sacrificios a las formas divinas afrobrasileñas) es la mejor prueba. Se considera esta aspersión de agua (assaje) como una bendición cargada de Asé, de fuerza trascendente que sale de quien la efectúa y tiene el poder de retirar energías negativas, que son devueltas a su lugar de origen.”

-“Contribución al estudio de Esú. El principio dinámico de la vida, guardián de los límites, comunicador.”, Montevideo, 1999.

El presente Blog reúne artículos organizados o escritos por el Profesor Fabio Sebastián Cruz. Siempre que se citan o presentan textos de otros autores se cita la fuente de los mismos.