sábado, 27 de junio de 2026

La experiencia de la Gnosis Pura en Siddhartha, de Herman Hesse.

"Siddhartha le miró y sonrió.

–¡Inclínate sobre mí!–susurró al oído de Govinda—. ¡Inclínate más sobre mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! ¡Bésame en la frente Govinda!

Pero mientras Govinda, admirado e impulsado, sin embargo, por un gran amor y los presentimientos, obedecía sus palabras, inclinándose sobre él y rozando su frente con los labios, le sucedió algo maravilloso. Mientras su pensamiento estaba ocupado todavía con las palabras prodigiosas de Siddharta mientras se esforzaba en vano y con cierta resistencia en pensar más allá del tiempo, en imaginarse el nirvana y el sansara como una sola cosa, mientras luchaban dentro de él cierto desprecio para las palabras del amigo con un inmenso amor y reverencia, sucedióle esto:

Dejó de ver el rostro de su amigo Siddhartha, y en su lugar vio otros rostros, muchos, una larga serie, un caudaloso río de rostros, cientos, miles de ellos, que llegaban y pasaban, y sin embargo, todos parecían permanecer, aunque se renovaban y cambiaban continuamente, y todos eran Siddhartha. Vio el rostro de un pez, de una carpa, con las fauces dolorosamente distendidas; un pez moribundo, con los ojos quebrados; vio el rostro de un niño recién nacido, rojo y lleno de arrugas, predispuesto al llanto; vio el rostro de un asesino, al que vio clavar un cuchillo en el vientre de un hombre; vio en el mismo segundo a este criminal, arrodillado y cargado de cadenas, ofreciendo el cuello al verdugo, que le decapitó de un golpe de espada; vio los cuerpos desnudos de hombres y mujeres entregados a furiosas luchas de amor; vio cadáveres extendidos, quietos, fríos, vacíos; vio cabezas de animales, de cerdos, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de pájaros; vio dioses, Krishnas, Agnis; vio todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellas, ayudándose mutuamente, amándose, odiándose, destruyéndose, volviendo a nacer; cada una era un deseo de morir, un apasionado y doloroso testimonio de caducidad, y sin embargo, ninguno moría, solo se transformaba, volvía a nacer, recibía siempre un nuevo rostro, sin que mediara tiempo alguno entre uno y otro rostro, y todas estas figuras y rostros descansaban, fluían, se engendraban, flotaban y discurrían unos sobre otros, y sobre todo ello había contantemente algo sutil, incorpóreo, pero existente, como un fino cristal o hielo, como una piel transparente, una campana, forma o máscara de agua, y esta máscara sonreía, y esta máscara era el rostro sonriente de Siddhartha, que él, Govinda, en este mismo instante rozaba con los labios. Y de esta forma, Govinda vio esta sonrisa de la máscara, esta sonrisa de la unidad sobre las figuras que pasaban, esta sonrisa de la simultaneidad sobre los mil nacimientos y muertes; esta sonrisa tranquila, fina, impenetrable, quizá bondadosa, quizá burlesca, sabia, múltiple, de Gotama, el Buda, como él mismo la había visto cien veces con reverencia. Así sonreían los que habían alcanzado la perfección, como él bien sabía.

No sabiendo ya el tiempo que había transcurrido, si aquella visión había durado un segundo o cientos de años, no sabiendo si aquello era propio de Siddhartha o de Gotama, o del yo y tú; herido en lo más íntimo como por una saeta divina, cuya punzada sabía dulce; íntimamente encantado y redimido, Govinda permaneció todavía un momento inclinado sobre el rostro de Siddhartha, que acababa de besar, que acababa de ser escenario de todas las figuras, de todo ser y existir. El rostro estaba inmutable; después de haberse vuelto a cerrar bajo la superficie la profundidad de las mil arrugas, sonreía tranquilo, sonreía suave y delicadamente, quizá muy bondadoso, quizá muy burlesco, exactamente como había sonreído el sublime. Govinda se inclinó profundamente, corrieron las lágrimas, de las que no se dio cuenta, por su viejo rostro; como un fuego ardió el sentimiento del más íntimo amor, de la más humilde veneración, en su corazón. Se inclinó profundamente hasta tierra, ante el sedente inmóvil, cuya sonrisa le recordaba todo lo que había amado en la vida, lo que en su vida había sido de valor y santo."

La Gnosis Pura no es una doctrina ni un conjunto de conceptos. Es la experiencia inmediata de la Unidad, en la que cesa la separación entre sujeto y objeto, entre yo y universo. En ese instante, el iniciado no adquiere una nueva creencia: contempla directamente la realidad. El episodio final de Siddhartha, donde Govinda ve desfilar todos los rostros en el rostro de Siddhartha y descubre la sonrisa que los unifica, constituye una de las descripciones literarias más bellas de esta experiencia.


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